Relato: 11:11

martes, 5 de julio de 2016
¡Qué atardecer más hermoso! Los reflejos anaranjados de las nubes, el sol escondiéndose en el horizonte y, entre toda esa belleza, el inmenso mar en calma, tranquilo, dando sosiego a quien le observara.
Siempre he creído en la conexión de los elementos, en su alineación en momentos puntuales. Hoy estaba todo estratégicamente bien ubicado, ofreciéndonos lo mejor de ellos.
Nos encontrábamos sentadas observando esta maravilla. Mis dedos se entrelazaron con los suyos. No nos miramos, no nos hacía falta.


Hoy era el día. Nunca quise que llegara, pero aquí estaba. Decidí hacerlo donde comenzó todo, en nuestro bar Chill Out Dreams, frente al mar. Lo pusimos con muchísima ilusión, exactamente igual a como ella lo tenía en mente: la estructura en madera vieja, luz tenue en tonalidades naranjas asemejándose al atardecer, sillones y pufs en blanco y, lo que más nos gustaba, varias carpas del mismo color albergando camas balinesas. Todo un sueño hecho realidad.


Lo inauguramos un once de noviembre. En esa misma fecha pero tres años antes, a las once y once de la noche, le pedí que saliera conmigo. Nos casamos justo un año después, también un once de noviembre. Miré el reloj de mi muñeca, quedaba poco para que fuera nuestra hora mágica.


Rocé sus finos labios con los míos. Me sonrió. Intentó decirme algo pero las palabras no lograron salir de su boca.


— Tranquila, pequeña. Lo sé —  acaricié sus mejillas —. Todo saldrá bien.


Desde que la conocí, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Todo giraba alrededor de ella. Era mi sol, mi apoyo, mi centro de gravedad… Todos nuestros sueños se habían ido cumpliendo y, por supuesto, siempre juntas.


Me levanté poniéndome frente a Eli. Le acicalé el pelo, le puse brillo en los labios y le perfumé con Channel n° 5. Le volvía loca esa fragancia. Ella sí que me volvía loca, era mi Marilyn Monroe particular. Volví a sentarme junto a mi mujer.


Fue todo un mazazo cuando nos informaron de su enfermedad degenerativa, pero no nos rendimos. Nos hizo más fuertes, más valientes ante las adversidades, creímos que podríamos con todo. La llegada de su silla de ruedas tampoco nos hizo agachar la cabeza. Ella me obligaba a sentarme sobre sus piernas y, una vez ahí, movía su silla al ritmo de Your song de Elton John. Me la cantaba en un susurro mientras me perdía entre sus brazos.


“How wonderful life is,
while you´re in the world…” **


Me identificaba demasiado con la letra. La canturreábamos a dúo, pero a mí se me terminaba formando un nudo en la garganta que siempre me impedía continuar.


A la silla le siguieron adaptaciones en el piso, aumento de visitas al médico, empeoramiento del movimiento de sus manos, problemas en el habla… Fue en ese momento, sin cambiar un ápice esa sonrisa eterna en su rostro, cuando me hizo prometer que dejáramos de luchar cuando no pudiera decirme te amo. Sí, ella siempre tan poética, pero a mí se me rompió el alma.


Las once menos cuarto de la noche. Nuestras miradas se cruzaron dejándome inerte y con la respiración entrecortada. Era la hora. Fui preparándolo todo: vaso de agua, cuchara, pajita, pentobarbital…
¡Cómo agradecí la existencia de internet en estas últimas semanas! Estaba dispuesta a utilizar cianuro, como en la película de Mar adentro, pero le produciría bastante dolor, las decenas de publicaciones que leí lo confirmaban. Era obvio que no quería eso para ella. Eli se merecía una muerte digna, indolora, una sedación que lentamente la llevara a un profundo sueño y, en ese instante, huir y librarse de esta condena. El pentobarbital en polvo le ayudaría a conseguirlo. Sin receta médica era imposible obtenerlo pero para eso estaba el mercado negro.


Lo removí concienzudamente en agua y, una vez bien disuelto, se lo acerqué para que bebiera. La alegría de sus ojos fue desapareciendo dejando paso a unas lágrimas que se derramaban por sus mejillas.


— No llores, mi amor. Estaré bien. No te preocupes por mí — intenté tranquilizarla —.  Vuela, mi vida.


Las once en punto. Me coloqué a espaldas de Eli, evitaba que supiera que me iría con ella. Mi vida no sería vida. ¿Para qué seguir entonces? Me tomé el mismo brebaje y volví a su lado. La besé. Me besó. Nos mirábamos como dos adolescentes que se veían por primera vez y Cupido hubiera dado de pleno en la diana. Nos lo dijimos todo en esa última mirada. Te amo, Eli. Siempre estaré a tu lado. Siempre.


11:11h pm.


** “Qué maravillosa es la vida,

mientras tú estés en el mundo…”

Escrito por Arwenundomiel

9 comentarios:

  1. me ha hecho hasta llorar..... que romantico, que bonito y que triste a la vez. Pero me ha gustado mucho, muuuuucho.

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    1. Perdón por el atraso en la contestación, pero con motivo de la encuesta no se ha puesto los nombres de las escritoras hasta días más tarde xDD.
      Muchas gracias por tus palabras Nika. Eso me anima a seguir escribiendo.
      Saluditos.

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  2. Que buen relato tan lleno de esa magia q se llama amor en cada una de sus palabras...se casaron y la muerte no logro separarlas...buen relato me encanto muy emocional....eso es a lo q yo llamo amor incondicional

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    1. Gracías Estefanía por tu comentario, y por expresar todas las sensaciones que has sentido al leerlo. Te digo lo mismo que a Nika, disculpa la tardanza en contestar.
      Bss.

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  3. Que bueno. Me removieron sensaciones. Que vivacel amor y que nadie nos diga como hay que amar.

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    1. Eso mismo digo yo: ¡Que viva el amor!
      Gracias por comentar. Saludos.

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  4. Lo he leído entero por respeto al blog y a la autora, pero me repatea enormemente las historias donde alguien amado muere y el otro lo ve. He de decir que, quitando esa mala sensación personal, me ha gustado :)

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  5. Gracias, Lauryncorr. Tan sincera como siempre. Siento que la trama en sí no te gustara (tampoco es un tema agradable), pero me alegro que te haya gustado el relato en sí. Saludos.

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  6. Que triste..:(
    Cuando encuentras a la persona es más dificil dejar este mundo imagino.
    Un saludo

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