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CAPÍTULO 2. EN ESTA VIDA SERÁS MI MUJER Y EN ESTA VIDA ME DARÁS UNA HIJA.
MARÍA
Mi corazón se iba a
salir de mi pecho. Nunca pensé que podría recibir la noticia más grata de mi vida el mismo
día que me enteré que la llama de mi existencia podría apagarse.
Mi tristeza se
disipó, corrí, la abrecé con la ternura de siempre. Hilda era la mujer de mis
sueños, era mía y ahora me daría un hijo, algo que planificamos y luchamos con
tanto amor.
La besé y ya no pude
contener mis lagrimas, simplemente era alegría y felicidad. Dios no me había
desamparado, me mostraba que aún estaba ahí a mi lado. Comencé a ver a Hilda diferente. Miré su vientre, estaba igual, tan delgado y atlético, pero allí estaba nuestra
Ligia Iveeth, así llamaríamos a nuestra hija.
Fugazmente, por un
momento, volvió la realidad de mi estado de salud pero, la alegría de tener a la
madre de mi hija en mis brazos, me llenó de esperanza y agradecí al Espíritu
Santo por que el día en que yo faltara. Mi morena amada no estaría sola,
quedaría con un pedacito de mi vida junto a ella, no todo era tristeza. Hilda me miraba.
- Aquí
pasa algo más.- Me llevó al sofá y nos sentamos tomadas de las manos.
- Mi amor, lo que pasa
es que hoy ha sido un día de sorpresas, unas gratas y otras no tanto, pero
quiero que me prometas que la felicidad por nuestro embarazo no se terminará nunca.
- Te lo prometo.- respondió Hilda.- ¿Qué está pasando, mi
vida?.
- Princesa, hoy recibí
el diagnóstico de aquellos exámenes que me practiqué hace unas semanas. La
noticia no es buena como la de nuestra Ligia. La verdad es... que padezco de
cáncer de páncreas y necesitaré tratamiento para combatirlo.
Sentí como apretó mi
mano, justo cuando vi sus ojos llorar. Aprecié como su corazón se estaba
rompiendo. Enmudecida, Hilda no paraba de llorar, era tan fuerte que sus lágrimas
corrían por su rosto pero ella no hacía ningún gesto. Cada lágrima dejaba una
marca de sal que me hacia tragar amargo a mí.
Sabía que estaba
desgarrada. Necesitaba que dijera algo, pero desde luego sabía que tardaría en
asumir toda aquella tragedia. La abracé.
- Aún no me voy a morir. Así que vamos a celebrar
la vida, porque en esta vida te conocí, en esta
vida serás mi mujer, y en esta vida me darás una hija.- La abracé y la besé como
nunca antes la había besado. Quise darle todas mis fuerzas, todas mis energías.
Ella me correspondía el beso. Al inicio, con timidez pero luego con más pasión. Me tocaba, el rostro, los
pechos, paseaba por mi cintura. Poco a poco fue metiendo sus manos en mi blusa
y podía sentir sus dedos recorrer mi espalda para abrir mi sujetador y clavar
sus uñas tal y como sabía que me enloquecía. En ese mismo instante, lancé un grito
de placer y no soporté más ¡Tenía que poseerla allí mismo!
Quité toda su ropa con
desespero. La ayudé a despejarme de la mía y, contra la pared de la habitación, la recorrí palmo a palmo. Comencé en su cuello, mis manos sujetaban las suyas
por encima de la cabeza y besarla allí era mágico, donde la mezcla de olor
natural y perfume eran uno solo. Poco a poco, bajé a sus senos, hermosos y suaves. Sus pezones, erectos de
placer, me indicaban que disfrutaba de mis caricias y yo disfrutaba de sus gemidos. Solté sus manos y la volteé. Quería besar su espalda tan linda y delicada,
morderla y degustar sus nalgas, su culo, que solo era mío. Mientras besaba su
espalda, metí mis dedos en su intimidad y pude palpar lo que provocaba en ella.
Esa humedad única y mía,
porque eso era ella, mía y yo era suya, hasta el último respiro sería de ella. Mis dedos se sentían tan bien dentro de ella que no me detuve en movimientos,
mientras más rápido, más gemía. Yo solo quería darle placer, su piel se tornó
rosada, hermosa. Su respiración se agitaba y su sudor me decían que ya estaba a
punto de estallar. Y así fue, estalló en mis dedos como nunca había ocurrido,
sus piernas flaquearon. Comenzó a llorar. No sé si de placer o porque recordó
nuestra platica. Yo solo la abracé, le susurré cuanto la amaba y que siempre la
amaría. Como pude y, poco a poco, la llevé a la cama para continuar allí nuestra
entrega.
Ella me miraba como un ciego
miraría el mundo por primera vez. Mientras, tenía una gran cantidad de pruebas confirmando la presencia del cáncer de páncreas e intentando delimitar su extensión. Todo ello se apoderaba de mis semanas.
Seis
meses habían pasado. Ya el embarazo se hacía notar. Ambas íbamos a consulta, la niña crecía normalmente y yo trataba de estar bien para su
nacimiento.
Los síntomas y signos fueron
aumentando rápidamente por el grado de mi enfermedad. Bajé de peso
considerablemente. A pesar de que mi alimentación era fundamental para estar
bien, sufrí de infrapeso y mis dolores lumbares me hacían disminuir poco a poco
mis actividades diarias.
Ya no éramos dos, ahora nos
acompañaba una asistente, Beatriz, “Bea” le decíamos. Ella se encargaba de
algunas funciones del hogar y de llevarme a las quimioterapias semanalmente al hospital oncológico de la ciudad.
En
la sala de quimioterapias, se encontraban múltiples sillones negros, con todos
los equipos médicos. Allí me recostaba mientras una cálida enfermera me tomaba
la vía en mi brazo y pasaban el tratamiento, tal cual un suero vitamínico. Solo
que al terminar sentía naúseas y mareos durante dos días. Los más difíciles de
todos.
El día había llegado, todo
estaba preparado. En su cuarto color blanco, estaban nuestros padres, Emilia y Jesús, los padres de Hilda, y María y José, mis padres.
Elegimos un parto en agua, ya que mi amada tendría
la libertad absoluta de movimiento y expresión. Además, podríamos estar
acompañadas de nuestros seres queridos durante el trabajo de parto.
Yo era cómplice de sus
adentros mientras nuestro ginecólogo y Bea garantizaban la total naturalidad
del nacimiento.
Un sinfín de emociones invadió
a Hilda al momento de ver a nuestra pequeña. Lloraba de ternura al ver a
nuestra niña, tan hermosa y grande. La besaba y me miraba a mí, siempre tan
callada. De pronto, al salir de la bañera, pidió que me acercara a ella.
- Me has regalado la vida, una
vida perfecta, una vida de felicidad. Amor, te presento a tu hija, pesa 2.9
kilogramos y mide 49 centímetros. Tenías razón, María, esta vida es maravillosa
únicamente porque estás conmigo. Ahora me toca a mí retribuirte tanto amor.
Meses atrás descubrí que
necesitaba escribir, contar mi historia. Ya
habían pasado 4 años de tratamientos, quimioterapias y radioterapias. Ha habido
nuevos hallazgos y diagnósticos que implican más lucha. Hoy no puedo dormir... Escucho a mi chiquita hablar con su
amada mamá y quisiera estar allí con ellas en nuestra cama. Pero necesito
descansar...
Hilda y Bea trataban que la niña no dependiera tanto de mí,
para preservar mis fuerzas y para que
ella no resienta tanto mi situación.
Cuán difícil es vivir eso porque estaba todo el día en casa. Ligia vivía jugando cerquita de mí. Situación que me
llenaba más de vida.
Los días más terribles eran cuando la niña tenía fiebre, ya
que no la podía proteger porque eso me podría hacer daño a mí. Las enfermedades
normales de hija, hacían que me aislara en la habitación y, por minutos, pensaba
entre lágrimas que la llama de mi vida estaba por terminar.
Una mañana mi pequeña Ligia llamó a “Bea” en vez de a mí. Fue
muy triste aunque era lo que queríamos. Sentí como estaba entregando el amor de
mi hija a mi asistente y amiga.
El cumpleaños número cinco de Ligia Iveeth lo celebramos en casa. Fue algo muy sencillo, con nuestros familiares. Yo a lo lejos, sentada en una
silla, escuché como Ligia le hablaba a mi madre.
- Abuelita, no recuerdo a mi mamá
con cabello, muéstrame una foto.
Mi madre me observó, se levantó y se dirigió
hasta donde yo estaba. Quiso distraerme hablándome de mi padre y sus mujeres. Ese
día sentí que la hora de partir estaba cerca.
Al día siguiente, la niña fue a mi habitación. Quería
mostrarme sus nuevos regalos. Yo observaba un álbum de fotos y Ligia se me
acercó.
- Mami, mami ¿Quién es esta mujer que está junto a mi mami Hilda?
Es muy linda. Quiero ser como ella cuando sea grande.
Yo respiré, llorando
hacia adentro, como ya había aprendido a llorar.
- Esa mujer que ves allí
soy yo, hija.
Pensé en silencio “hija amada, algún día, te contaré que al ver esa foto contigo
también sentí que quien aparece allí es otra persona”. La vida me cambió del día a la mañana.
Y ellas, mis
mujeres, intentan procesarlo... A ratos llenas de rabia, a ratos tristes, y a ratos
felices con el amor de todos en la familia, amigos y vecinos, que en la medida
de sus posibilidades nos abrazan en estos momentos.
HILDA
Qué fácil es hacer una vida
con ella, pero que difícil será hablarle al amor sin María. Llevo la sonrisa
cortada hace años, el alma medio desprendida. Mi vida se ha convertido en la
expresión máxima del amor, dividida entre un ángel que me enseñó a vivir, y que
me ha regalado el don de ser madre, y mi hija. Creo que sin Ligia Iveeth no hubiese podido vivir esto. Con ella estoy
flotando en mar abierto, es mi esperanza.
Paso mis días con las botas
puestas, acompañando a mi mujer en la agonía que nos enseñó a vivir bien. No te
creas, a veces, necesito sentir su pasión, sudarla como lo hacíamos en aquellos
veranos donde nuestra piel se volvía una, y nuestras ropas estorbaban. Pero
ahora está tan frágil que solo la amo con la mirada. Eso nutre mi alma, acaba
mi sed y abriga mi corazón.
Hoy me vestí de negro, pero
nuestros planes y proyecciones continuarán hasta que un día nos encontremos y
volvamos a dibujar una vida.
“¡La vida nos cambió! Pero estoy segura que
será para MÁS VIDA! ¡¡¡Así lo creo!!!
¡¡¡Solo es cuestión de tiempo, Fe y AMOR!!!”
Eso fue lo último
que me dijo María antes de partir a los brazos del Señor.
Fin
Escrito por LaImposibleIvii