"¿Qué pasó con los sentimientos en papel?" (Carta 8)

miércoles, 9 de noviembre de 2016
Ir a:     Inicio     Carta 7          "¿Qué pasó con los sentimientos de papel"

<------------------------->
                                                                                                              Un día de sol y playa


Querida Diana,

Hoy te escribo desde la playa, mientras veo como tu madre juega con María. Sé que nunca te ha gustado que te digan que eres como tu madre, y sé que en carácter sois totalmente distintas, pero físicamente si os parecéis y verla a lo lejos jugando con la peque me hace creer que eres tú, y pienso en salir corriendo para abrazarte y besarte. Me muero por verte de nuevo jugar con la pequeña y preguntarme quién es la chica de las dos, verte completamente feliz, verla feliz.

He de decirte que aunque María ocupe tu hueco en la cama, seguimos echándote en falta, siempre te tenemos presente, y extrañamos estar las tres tiradas en el sofá viendo una película de dibujitos, incluso entrar en nuestro dormitorio y veros a las dos pegando saltos sobre la cama riendo, mientras yo me resigno a no regañaros por hacer eso, porque estáis tan sumamente preciosas riendo y saltando que daría todo por veros tan contentas toda la vida.

Tu madre le ha regalado un bañador a María, es el que lleva hoy puesto, lo eligió María, así que imagina de que será, ella y su pequeña obsesión con Dora la exploradora. Te adjunto la foto de la pequeña posando para ti, estoy segura que la del corazón te enamorará, le dijimos que se pusiera bien para mandarle una foto a mami e hizo un corazón con las manos con esa risilla de mala que le sale a veces, es para comérsela, cada día está más preciosa.

Sigo yendo al médico, y no he recaído en los temas de la comida, solo es que no me está sentando bien el sol y estos calores que hacen ahora por aquí, por eso no salimos a la playa tanto como me gustaría, hay días que le pido a tu madre que sea ella quien se lleve a María a disfrutar de un día de playa, porque me siento tan sumamente cansada que no quiero moverme de la cama, y aprovecho su salida a la playa para intentar descansar, para a su vuelta poder jugar con la pequeña.

No te preocupes por mí, amor, estoy bien y ya queda menos para tu vuelta, y allí necesitan de ti, de todo lo que les pueden enseñar a esas personas, solo pido que a ti no te ocurra nada, que estés bien y vuelvas a mi lado, si te llega a ocurrir algo y no puedo impedirlo me mataría, quiero protegerte, que estés bien, y sé que tú eres fuerte por nosotras y siempre lucharás por mí y la enana.

Le llevaré las cartas a Sofía, ahora viene a menudo a verme a casa, y las niñas juegan juntas, nos hacemos compañía y nos ayudamos a seguir adelante, vemos como las niñas disfrutan y creemos que lo hacen tanto como disfrutabais vosotros contado batallitas de las cuales cuando empezabais no sabíais parar. Será un momento duro para Sofía, aunque me dijo que sabía que esta vez las cosas no saldrían bien, que tras leer la carta, se apagaron muchas esperanzas en ella de verle regresar, y que pasara lo que pasara Clara siempre sabría lo maravilloso que es su padre y que  sabe que ella tiene el mismo corazón que tiene su padre, enorme y caritativo, que mira por todo el mundo antes que por él.

Cuando me hablaba de él, veía como sus ojos brillaban y se llenaban de vida, se veía lo completamente enamorada que esta de él, de lo mucho que significa en su vida y para ella.

Siempre me ha encantado sentirte tocar la guitarra y cantar, cuando lo haces es como si todo a tu alrededor empezara a carecer de sentido, todo el sentido te lo llevas tú, con tu voz dulce que te produce sensaciones mágicas, junto con tu melodía que parecen acariciar tu voz y juntas erizan la piel, ver el punteo de tus dedos, como tocan las cuerdas con suavidad, como si fueran a romperse con el roce de tus dedos. Ver tu mirada en esos momentos te hace sentir la persona más grande del mundo, más importante, aún sintiéndote la persona mas insignificante del mundo, al sentirte, consigues que se sientan así, importantes. Aún sigo preguntándome si alguna vez encontraré algún defecto en ti.

Te extraño, mi vida. Te quiero,

                                                                                                         Elisa.
                                                                                      
P.d. No solo le leo cuentos, te hemos escrito uno a ti, para que te acuerdes de nosotras, con los dibujitos de nuestra pequeña artista y todo.
<------------------------->

Ir a:     Inicio     Carta 7     "¿Qué pasó con los sentimientos de papel?"   

       Capítulo 9


Escrito por @srtadesquiciada

"¿Qué pasó con los sentimientos en papel?" (Carta 8)

Ir a:     Inicio     Carta 7          "¿Qué pasó con los sentimientos de papel"

<------------------------->
                                                                                                              Un día de sol y playa


Querida Diana,

Hoy te escribo desde la playa, mientras veo como tu madre juega con María. Sé que nunca te ha gustado que te digan que eres como tu madre, y sé que en carácter sois totalmente distintas, pero físicamente si os parecéis y verla a lo lejos jugando con la peque me hace creer que eres tú, y pienso en salir corriendo para abrazarte y besarte. Me muero por verte de nuevo jugar con la pequeña y preguntarme quién es la chica de las dos, verte completamente feliz, verla feliz.

He de decirte que aunque María ocupe tu hueco en la cama, seguimos echándote en falta, siempre te tenemos presente, y extrañamos estar las tres tiradas en el sofá viendo una película de dibujitos, incluso entrar en nuestro dormitorio y veros a las dos pegando saltos sobre la cama riendo, mientras yo me resigno a no regañaros por hacer eso, porque estáis tan sumamente preciosas riendo y saltando que daría todo por veros tan contentas toda la vida.

Tu madre le ha regalado un bañador a María, es el que lleva hoy puesto, lo eligió María, así que imagina de que será, ella y su pequeña obsesión con Dora la exploradora. Te adjunto la foto de la pequeña posando para ti, estoy segura que la del corazón te enamorará, le dijimos que se pusiera bien para mandarle una foto a mami e hizo un corazón con las manos con esa risilla de mala que le sale a veces, es para comérsela, cada día está más preciosa.

Sigo yendo al médico, y no he recaído en los temas de la comida, solo es que no me está sentando bien el sol y estos calores que hacen ahora por aquí, por eso no salimos a la playa tanto como me gustaría, hay días que le pido a tu madre que sea ella quien se lleve a María a disfrutar de un día de playa, porque me siento tan sumamente cansada que no quiero moverme de la cama, y aprovecho su salida a la playa para intentar descansar, para a su vuelta poder jugar con la pequeña.

No te preocupes por mí, amor, estoy bien y ya queda menos para tu vuelta, y allí necesitan de ti, de todo lo que les pueden enseñar a esas personas, solo pido que a ti no te ocurra nada, que estés bien y vuelvas a mi lado, si te llega a ocurrir algo y no puedo impedirlo me mataría, quiero protegerte, que estés bien, y sé que tú eres fuerte por nosotras y siempre lucharás por mí y la enana.

Le llevaré las cartas a Sofía, ahora viene a menudo a verme a casa, y las niñas juegan juntas, nos hacemos compañía y nos ayudamos a seguir adelante, vemos como las niñas disfrutan y creemos que lo hacen tanto como disfrutabais vosotros contado batallitas de las cuales cuando empezabais no sabíais parar. Será un momento duro para Sofía, aunque me dijo que sabía que esta vez las cosas no saldrían bien, que tras leer la carta, se apagaron muchas esperanzas en ella de verle regresar, y que pasara lo que pasara Clara siempre sabría lo maravilloso que es su padre y que  sabe que ella tiene el mismo corazón que tiene su padre, enorme y caritativo, que mira por todo el mundo antes que por él.

Cuando me hablaba de él, veía como sus ojos brillaban y se llenaban de vida, se veía lo completamente enamorada que esta de él, de lo mucho que significa en su vida y para ella.

Siempre me ha encantado sentirte tocar la guitarra y cantar, cuando lo haces es como si todo a tu alrededor empezara a carecer de sentido, todo el sentido te lo llevas tú, con tu voz dulce que te produce sensaciones mágicas, junto con tu melodía que parecen acariciar tu voz y juntas erizan la piel, ver el punteo de tus dedos, como tocan las cuerdas con suavidad, como si fueran a romperse con el roce de tus dedos. Ver tu mirada en esos momentos te hace sentir la persona más grande del mundo, más importante, aún sintiéndote la persona mas insignificante del mundo, al sentirte, consigues que se sientan así, importantes. Aún sigo preguntándome si alguna vez encontraré algún defecto en ti.

Te extraño, mi vida. Te quiero,

                                                                                                         Elisa.
                                                                                      
P.d. No solo le leo cuentos, te hemos escrito uno a ti, para que te acuerdes de nosotras, con los dibujitos de nuestra pequeña artista y todo.
<------------------------->

Ir a:     Inicio     Carta 7     "¿Qué pasó con los sentimientos de papel?"   

       Capítulo 9


Escrito por @srtadesquiciada

Relato erótico: Cómplices de lo ocurrido

lunes, 7 de noviembre de 2016
— Alfonso, me dijiste que lo tenía ayer. Me lo traes hoy y con otro precio. ¿Qué coño es esto?... No, no. Vienes ahora mismo, te lo llevas y anulas la factura. Te dije que una y no más. ¿Crees que soy de una ONG? ¡No me toques los huevos! Llévatelo porque no lo quiero. Y ni te molestes en pasarte otra vez.

Me ponía. No podía decir otra cosa. Es que me excitaba con tan solo tenerla a mi lado. Daba igual que estuviera discutiendo con su proveedor de tóner, que ya sé que no es nada morboso, o que llevase más de hora y media hablando por el maldito móvil, me ponía y mucho. Esa forma autoritaria con la que se defendía, no dejándose amedrentar, protegiendo los intereses de su negocio, exigiendo con firmeza lo que quería... Todo eso me hizo apretar los muslos, con la absurda intención de controlar la agitación que me producía.

Me humedecí. Tampoco ayudó mucho el pensar que me encantaría dominar a esa fierecilla, que se rindiera a mis caricias y besos. Ese pensamiento me puso peor. Estaba empapada.

Creo que me quedé ensimismada mirándola, porque descubrí a Silvia, tratando de que regresara a la tierra, saludándome con la mano. Lástima que todavía siguiera con el móvil pegado a la oreja. Le sonreí, al tiempo que le hacía un gesto muy erótico con la lengua. Me respondió dándome la espalda, para evitar descentrarse, supongo... Se me escapó una risa pícara.

Por fin colgó. ¡Aleluya! Apreté de nuevo las piernas. ¿Pero qué coño me pasaba? Estaba claro. Su genio me provocaba deseos casi incontrolables.

— Perdona, Eu. Estos proveedores me tienen siempre de mala leche.
— ¿Eu? ¿En serio? ¡Menos mal que solo estás de mala leche! Si me hubieras llamado Eugenia estarías yendo con un bazooka en busca del pobre Alfonso — reí.

Suspiró profundamente admitiendo su cabreo. Soltó el móvil en la mesa del salón, tapándose la cara con ambas manos, seguro que estaba contando hasta diez para no imaginarse con ese lanzagranadas. Yo, que estaba sentada en el sofá, palmeé mis muslos, indicándole que viniera a mi lado.

— No estoy de humor, cielo.
— ¡Eso no es una novedad! Ven aquí. Te daré mimitos.

Se dirigió al sofá, con la intención de sentarse a mi lado. La agarré de la cintura, rectificándole la posición, e hice que se sentara a horcajadas sobre mis piernas. Me incliné hacia ella, abrazándola, acercándola más a mí. Apoyó la cabeza en mi hombro. Sentí cómo se relajaba.

— Lo siento. Habré estado más de una hora liada al teléfono, ¿no?
— Sí, algo más — mis manos descendieron a su culo, apretándolo, arrimando su pelvis a la mía. Me moví levemente buscando ese roce. — Pero el trabajo es el trabajo, tranquila.

Se irguió y me miró a los ojos, ahuecando su mano en mi barbilla, sin separarse de mí.

— ¿No me ibas a dar mimos?
— Eso es lo que hago.
— No me lo parece — rozó sus labios con los míos.
— ¿Ah, no? Pues es la mejor forma que he encontrado para relajarte.

La agarré fuerte el culo, empujándola contra mí, con un rápido movimiento. Quería sentir todo su cuerpo. Acercó su boca a mi oído, suspirando profundamente. Su respiración era un nuevo lenguaje que ansiaba conocer. Os juro, que ponía todo mi empeño para aprenderlo a marchas forzadas. Ya sabía perfectamente el significado de ese suspiro. Era deseo, querer que siguiera con lo que había empezado, dejarse llevar… Solo escucharla, me hizo sentir un escalofrío, recorriéndome de pies a cabeza. Me volvía loca. Lo sabía, por eso no se apartó de mi oreja. Jugaba, lamiendo y mordisqueando mi lóbulo, mientras que sus sonidos me indicaban qué hacer.

Nuestras caderas comenzaron a danzar, al unísono, buscando más roce. Me enloquecía ese baile de su cuerpo sobre el mío. Me hizo mirarla, sujetándome el rostro con ambas manos. Me sonrió cuando vio toda mi excitación en los ojos, cómo  me mordía el labio inferior, conteniendo las ganas de poseerla. Sabía hacerme perder el control. Me incorporé para alcanzar su boca, besándole esos labios tan apetecibles. Mi respiración se volvió más agitada con el juego de nuestras lenguas. Tenía ese poder, siempre lo tuvo, de encenderme peligrosamente con cada beso suyo. Su lengua tenía un veneno embriador, que me anulaba por completo.

Le fui subiendo la camiseta, a medida que le acariciaba los costados. Se estremeció con el tacto de mis dedos. Alzó los brazos para podérsela quitar sin problemas, dejando frente a mí, una imagen increíble. Esos pechos generosos me volvían loca cada vez que los veía. Me acerqué a ellos, lamiendo un pezón, luego el otro, entre medias de ese sensual sujetador. Ambos cobraron vida apuntando hacia mí. Los fui acariciando con mis pulgares, lentamente. Se arqueó para ofrecérmelos. Aproveché para ascender con mi lengua, recorriendo su hombro izquierdo, su cuello, perdiéndome en su boca, que me esperaba impaciente. Besaba tremendamente bien. Cuando atrapaba mi labio inferior con sus labios, conseguía que me palpitara todo. No sé cómo lo hacía, en serio, pero ya me tenía loca.

Hoy me apetecía ser quien tomara el control. Terminaría cediendo al suyo, lo sé, pero hay días que deseo llevar las riendas. Por eso, fui directa a desabrocharle el pantalón. Quería aprovechar el factor sorpresa, para que se dejara hacer. Mi mano derecha, completamente extendida, comenzó a rozarle por encima de las braguitas verde mar. Sus caderas fueron balanceándose, buscando mayor contacto. Le sonreí. Me gustaba que respondiera a mis caricias, que se moviera encima de mí. Con mi palma, realizaba círculos alrededor de su clítoris, ejerciendo una leve presión. Luego, eran mis dedos los que masajeaban sus pliegues, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Comenzaba a oírla gemir, eso era señal de que lo estaba haciendo bien, que continuara así. Seguíamos saboreándonos con cada beso. Se movía con más rapidez, exigiendo más empuje. La agarré con el brazo izquierdo por la cintura, así podría darle lo que quería. Sentía el calor en su entrepierna. Con el tacto de mis dedos, aprecié que había humedecido las braguitas. Estaba muy mojada. Quise comprobarlo introduciendo el dedo corazón por uno de los laterales. Realmente estaba empapada. Podía deslizar el dedo, a lo largo de todo el labio, resbalando por él. Eso le hizo estremecerse. En ese momento, le volví a presionar el clítoris. Sus gemidos eran más constantes.

— Eu, te necesito dentro de mí.

Sus palabras me humedecieron en un segundo. Se me hubiera escapado un orgasmo en ese instante, si no fuera porque conseguí retenerlo a tiempo. Me concentré en ella, en sus deseos, introduciéndome sin problemas. Un fuerte gruñido salió de sus labios al sentirme dentro. Empujé un poco más, quería estar en los más profundo de su ser. Se agarró a mis hombros, inclinándose hacia mi oído. Deseaba que escuchara su respiración, todo lo que le hacía sentir. Moví mi dedo realizando círculos hacia la derecha, entrando en contacto con todo su interior. Sus gemidos empezaron a ser constantes. Cambié el sentido del movimiento, provocando que acelerara su balanceo.

— Más, más adentro. Quiero dártelo, Eu.

Estaba casi en la cima de la montaña rusa, donde yo la había llevado. Le faltaba el empuje final para llegar a la cumbre. Con un nuevo empujón, me introduje más en ella, llegando a esa zona que tanto la excitaba. Comencé a dar pequeños golpes ahí. Sus susurros se convirtieron en pequeños gritos de placer. Arqueó la espalda, dejando a mi merced unos pezones duros tras el sujetador. Atrapé uno de ellos con los labios, zigzagueando con mi lengua, y rozándolo por encima del sostén. Me sujetó del pelo con ambas manos, invitándome a seguir allí. Gritos constantes, respiración agitada, la cabeza inclinada hacia atrás… Todo indicaba que estaba a punto de llegar a lo más alto. Su pelvis no cesaba de balancearse, moviéndome dentro de ella al mismo ritmo. Me zafé de sus manos para mirarla a la cara. Quería ver cómo disfrutaba de ese orgasmo que estaba a punto de sentir. Se volvió a sujetar mis hombros, encorvándose más. Veía cómo su pecho se movía arrítmicamente. Me excitaba muchísimo ver como se entregaba a mí. Tuve que apretar las piernas, para no irme antes que ella. Sabía que era capaz de correrme, sin tan siquiera tocarme, solo con verla gozar.
La atrapé con fuerza del culo, con mi mano libre, ayudándome a estar bien adentro. Dos, tres, cuatro golpecitos más tensaron su cuerpo por completo. Un solitario grito acompañó a los leves espasmos que estaba teniendo. Breves instantes que me parecieron lo más maravilloso del mundo.
No salí de ella, aunque mis movimientos se volvieron lentos, muy lentos. La abracé con mi otro brazo, rodeándome ella con los suyos. Sentía como iba recomponiéndose del reciente orgasmo que la hizo gritar de placer. Este momento era tan íntimo... Siempre la vi tan vulnerable después de llegar, que solo deseaba abrazarla. Quería que supiera que no estaba sola, que lo habíamos vivido juntas.
Saqué el dedo, saboreándolo. Era auténtico néctar. Dejé que lo probara. Me lo chupó con ternura, pasando delicadamente su lengua por toda su longitud. Sonreímos, cómplices de lo ocurrido.

— ¿Todo bien, mi vida?
— Sí, todo bien. Ya sabes… Después me siento un poco…
— Shh… Lo sé. Pero estoy aquí contigo. Recupérate…
— ¿Y seguimos?


Escrito por Arwenundomiel

Relato "Un café y un polvo" Parte 13 (Capítulo 40)

jueves, 3 de noviembre de 2016
Ir a:     Inicio          Capítulo 39       "Un café y un polvo"


<------------------------->
PARTE 13. SORPRESAS INESPERADAS.
CAPÍTULO 40. EL MUNDO SON TODAS LAS FLORES QUE HAN CREADO LAS MARIPOSAS.

"Había una vez una pequeña mariposa a la que le gustaban tanto los colores, que un día decidió convertirse en el arcoiris, fundiéndose con el Sol y... muriendo"

https://youtu.be/u2j6tAPfXQM

MARTINA
Siempre me ha gustado el color del cielo al atardecer. Se juntan los colores como si la naturaleza hubiera meditado, detalladamente, cuáles conjuntaban para poder hacerte mirarlos y sentir tranquilidad. Así eran las puestas de Sol, sencillamente, perfectas.
No es verdad que no haya nada perfecto. La naturaleza lo es. Funciona bien. Muchísimo mejor que la vida, la muerte o la justicia. La naturaleza se mueve de una manera que te hace sentir que fluyes.
Eso te transmite una puesta de Sol. De pequeña, las nubes rosas eran mis favoritas. Nubes que me recordaban al algodón de azúcar. Me encantaba el algodón de azúcar. La verdad es que era una glotona. Me encantaba comer y me encantaba el dulce.
Y, sin duda, el algodón de azúcar era lo que más me gustaba en el mundo.
Las nubes de la puesta de sol empezaron a transformarse en algodón de azúcar. Yo extendía la mano y cogía aquel manjar del cielo.
Comía y comía algodón de azúcar y las nubes seguían sin acabarse. Una mano se extendió desde mi lado derecho, no era mío. Me giré.
Su pelo rosa se alargaba y se transformaba en nubes.
-Ayúdame.- sus ojos grises me miraban, fijamente.- Martina, ayúdame.- la sangre empezó a brotar de sus ojos, su nariz y su boca. Retrocedí unos pocos pasos, aterrada.- ¡MARTINA!
-No… no puedo.- El miedo me paralizaba. Cati se levantó y avanzó hacia mí, abriendo la boca, desde la que salía la sangre a borbotones. Yo retrocedía, asustada. Tropecé y Cati se abalanzó sobre mí.
Abrí los ojos. Tenía la respiración alterada y estaba empapada en sudor. Había sido una pesadilla. Miré a mi izquierda, Alba dormía plácidamente. El reloj de su mesilla marcaba las ocho de la mañana. Me levanté intentando no hacer ruido. Me daría una ducha y me calmaría debajo del agua fría. Había empezado a odiar las noches.

ALBA
Desperté despatarrada como siempre, pero buscaba algo, mejor dicho, buscaba a alguien. Me incorporé de un salto buscándola, mi corazón se aceleró y busqué con la mirada por toda la habitación algún rastro de ella. Estaba su ropa, bien doblada como solía ser su costumbre, en la silla de la habitación. Me tranquilicé un poco, y más aún cuando escuché el agua caer de la ducha del baño. Me volví a tumbar en la cama, en el lado donde había dormido Martina. Olía a ella. Era un olor tan característico que podría distinguirla en cualquier parte. Era narcótico y afrodisíaco a la vez. ¡Joder, me estaba poniendo solo con su aroma!
Noté la vibración del móvil situado en la mesa de al lado. Os juro que, un día de estos, asesinaré a alguien del trabajo por no respetar las horas de sueño. Lo cogí con rabia, con la mala intención de saber el nombre del gilipollas éste y mandarlo a la mierda, ahora a través de un mensaje, y después, en su puta cara, cuando tuviera que pasar por la oficina.

Mateo: “No me contestaste ayer. ¿Nos vemos hoy?”

¿Qué mierda era eso? Joder, era el móvil de Martina. Se estaba escribiendo con ese hijo de puta. Definitivamente, Martina era gilipollas, y yo otra por aguantar todas las movidas donde se metía ella. La rabia no me dejaba pensar en otra cosa que no fuera estrangular al cabrón y mandar a la mierda a Martina. Tanta libertad, tanto dejar a la otra hacer lo que quisiera… Ya entendía el porqué de todas las reglas que me imponía. Los nervios se me pusieron en el estómago y me entró una arcada. Me levanté, como alma que lleva el diablo, y me dirigí al baño donde se encontraba Martina. No tenía mucho que vomitar, y eso me hacía sentir mucho peor. Una nueva arcada, un nuevo dolor en el estómago, y otro en el corazón.

- Joder. ¡Qué puto asco todo! Mierda.- la cortina del baño se corrió y la cabeza de Martina, con el pelo totalmente enjabonado, apareció en mi campo de visión con la mirada preocupada.
-¿Alba? ¿Estás bien?
- No, no estoy bien. Pero a ti te da igual. Eres libre de hacer lo que te salga del coño. El cabrón de tu ex está esperando a que le contestes si vais a quedar hoy - mientras hablaba su cara había ido tiñéndose de confusión. Pero al mencionar a Mateo se había quedado seria, no conseguía descifrar su cara y eso me cabreaba aún más. Cuando terminé de hablar, volvió a meterse tras la cortina de la ducha.
-Quizá quede con él hoy. Ya veré.- su voz me llegaba desde detrás de la cortina y debajo del agua, ¿Había oído bien?

Descorrí la cortina con furia. Su desnudez, sus curvas, su cuerpo… no me hicieron el efecto de siempre. Ni me inmuté. La hubiera estampado en ese mismo momento con un puñetazo de derecha y la hubiera dejado allí para que luego se preparase para ver al puto Mateo. En cambio, lo único que pude hacer es mirarla e intentar no hacer nada de lo que me arrepintiera después.
-¿Qué haces? - sus manos cubrían su cuerpo, o más bien, la piel que había debajo de su pecho, como si se abrazase. Ella me miraba interrogante.
- ¡Eres una capulla! ¡Una auténtica capulla! No pensé que fueras tan gilipollas y que además me lo restriegues por la cara y te quedes tan tranquila.
-No empezaré a discutir tan temprano contigo, Alba.- movió la cortina de la ducha de nuevo, impidiéndome verla.
La volví a descorrer con mucha más rabia y ella apagó el agua, mirándome, seguía tapando la parte de debajo del pecho.
- No me vengas a buscar cuando te viole otra vez, ¿lo has entendido?- vi como sus ojos relampagueaban.- Parece que la paliza que ordené darle, te jodió y me lo has estado echando en cara todo este tiempo. Pero que él abusara de ti no es tan grave para volver a verlo y ...- no me dejó acabar, sus puños se apretaban con fuerza, corrió la cortina con una rabia descomunal y oí como volvía a abrir el grifo. - Capulla.

Cerré con un portazo al salir de allí. No me lo podía creer. Sabía que Martina podía hacer muchas tonterías, pero esto ya se pasaba de la raya. ¡Raya! Necesitaba una raya, un algo fuerte, a Doris… Algo. Opté por un porro, era lo que tenía más a mano y lo que podría calmarme, no alterarme más.
Martina salió del baño sin mirarme, envuelta en la toalla. Sacó una bolsa de debajo de la cama y en unos segundos se había movido por la habitación cogiendo algunos vaqueros y camisetas. Dejó la toalla sobre la cama mientras ella misma se vestía. Se puso un vestido negro y unas sandalias, cogió la toalla de la cama y fue a dejarla al baño, colgada. Sin mediar palabra cogió el bolso y se dirigió a la puerta.

- Espera, Martina. - salió de mi boca sin yo quererlo. Miraba por la ventana, mientras daba caladas de forma casi automática. No sé para qué mierda tenemos el subconsciente, creo que para jodernos a nosotros mismos. Tampoco sirvió de mucho, ella me ignoró completamente y siguió bajando por las escaleras. Oí como la puerta se abría y se cerraba. Ni un portazo, ni un grito. Salí tras ella, bajando los escalones de dos en dos, casi me la pego en los cuatro últimos escalones. Logré abrir la puerta sin darme con ella en las narices. Iba en pijama pero era lo que menos me importaba en esos momentos. - ¡Martina, joder! Espera. Déjame ir contigo, no quiero que vayas sola. Vale, acepto toda la mierda de ser libre y las putas reglas esas. Pero deja que me ponga algo decente y voy contigo - esperé alguna contestación por su parte. Se me quedó mirando - Por favor, Martina.

No me respondió, solamente siguió caminando hasta su coche y metió la bolsa en el maletero. Abrió las puertas traseras y tiró el bolso dentro, cerró y se apoyó en el coche.

-Un minuto.- se colocó las gafas de Sol y se quedó mirándome.

Con el vestido negro, las gafas de Sol, el pelo suelto y los brazos cruzados, apoyada en el coche mientras el Sol le acariciaba, se me volvió a iluminar de nuevo la cara. Esta niñata tenía ese poder en mí. De repente, me ponía de mala hostia, que al segundo me ponía como una moto. Subí las escaleras, esta vez de tres en tres, a este ritmo haría la competencia a las gacelas, me puse lo primero que pillé. Mi vestuario de andar por casa no varía mucho, pantalones negros pitillo y una camiseta del mismo color. Para qué buscar más nada. Si Martina decía un minuto, era un minuto. Como tardara más era capaz de dejarme plantada. ¡Anda que no! Ella sí que tenía cojones, para eso y más. De nuevo a bajar esas dichosas escaleras, que empezaba a odiar con toda mi alma, y me peinaba como podía con los dedos, para al menos no tener los pelos como la bruja Lola.

- Ya estoy.- Ella asintió y se metió en la parte del conductor.
- Conduzco yo.

Me senté en el asiento del copiloto. Ella arrancó sin decir nada, no tenía ni idea de dónde había quedado con Mateo, pero estaba nerviosa. Se notaba que ella no estaba especialmente tranquila esa mañana. Fuimos hacia el centro de la ciudad. Me percaté de que tomaba la dirección hacia la casa de Cati y se me removió algo dentro, sin embargo, la pasó de largo. No tenía la menor idea de dónde quería ir esta niñata. Por fin, se metió en un parking y aparcó el coche, lo apagó, cogió las llaves, y sin más, salió del coche.
Cogió el bolso de la parte de atrás y, al ver que yo no me movía, se dirigió hacia mí.

-¿Te vas a quedar en el coche? - cerró la puerta trasera y se colocó las gafas de Sol en la cabeza.
- No, no. Claro que no - salí sin más. No había cogido nada, ni cartera, ni documentación, solo las llaves de la casa. La seguí, parecía estar muy segura de dónde íbamos. Sin embargo, la decepción se hizo patente cuando entró en una cafetería totalmente normal y sencilla, y se dirigió a la barra.
-¿Qué quieres de desayunar?- me miraba, lo estaba diciendo totalmente en serio.
- Nada. Después de potar tengo el estómago...
-Un café y un batido de fresa, a ser posible muy frío. Para llevar, por favor.- empezó a hurgar en su bolso, sacó la cartera y dejó un billete de diez euros en la barra. El camarero lo cogió y se dirigió hacia la caja. Yo esperaba, impaciente.
-Aquí tiene.- dejó las vueltas delante de Martina y ella lo guardó en la cartera, volviendo a dejar ésta en el bolso.
No tardaron ni cinco minutos en dejar el café y el batido, también.
-Gracias.- me tendió el batido.
- ¿Cómo sabes que me gustan los batidos de fresa y además, bien fríos?
-Secreto de bruja.- me guiñó un ojo. Y se dirigió a la salida con el café. Esta niña me iba a volver loca. Ya volvían a revolotearme las imbéciles mariposillas de los cojones. No andamos ni treinta pasos. Se paró en una casa abandonada e hizo fuerza para abrir la verja. ¿Sabía que eso era allanamiento de morada?
- Martina, ¿sabes dónde vamos? Esto que estamos haciendo no es muy legal que digamos.- ella se rió.
-Shh, confía en mí. - consiguió abrir la verja y entró.- Vamos, corre. Que nadie te vea.- la seguí y ella volvió a dejar la verja cerrada. Fue hacia la casa y dió un pequeño empujón a la puerta de la entrada, yo la seguía, totalmente confundida. Atravesó la casa como si la conociese de toda la vida y bajó por las escaleras, supuse que llevaban al sótano.

Esta niña cada vez me confundía más. O realmente la había cabreado de una manera increíble, y estaba preparándolo todo para degollarme en un mísero sótano abandonado que olía a humedad, o quizás se había vuelto completamente loca y yo, que ya estaba loca por ella, me iría tras su locura sin tan siquiera preguntar nada. Llegamos al sótano y ella se quedó mirándome, quieta, mientras yo terminaba de bajar los últimos escalones.
El sótano estaba lleno de cuadros, cuadros de todos los tamaños y colores. Y todos los cuadros representaban un mismo tema, las mariposas. Mariposas pintadas totalmente realistas, mariposas que parecían pintadas por un niño de cinco años, mariposas que ocupaban casi un metro, grupos de mariposas del tamaño de una medalla…
Había mariposas por todas partes, la mayoría pintadas en lienzos que se extendían por toda la pared, pero también había muchas que estaban directamente pintadas en la propia pared. Y en el centro del sótano, como si fuera la reina de todas las mariposas que había allí, había una enorme mariposa de color rosa, la misma mariposa que tenía Cati tatuada en el centro de la espalda, entre los omóplatos. Martina esperaba, callada.

- Me cago en la puta - estaba alucinando con el lugar, y esa mariposa enorme  del centro me hizo recordarla - Esa era su mariposa, la que tenía tatuada en su espalda - Me fui acercando al centro. Era maravillosa. Exactamente igual a como se la recordaba a ella. Se la dibujé cientos de veces con mis dedos y mi lengua. Miré a Martina con ojos vidriosos - Este era el famoso sótano de Cati, ¿verdad? Tendrías que haber sido especial para Cati. No le gustaba enseñar este sitio, decía que era su rinconcito, solo suyo.- me miraba con los ojos brillantes.
-¿Sabes? Cuando ella me trajo no pude fijarme en todos los detalles. Desde que se fue, he venido varias veces. Y supongo que ahora casi me sé de memoria este sótano. Me ayuda a pensar. Siento esa libertad de la que hablaba ella. Su cabeza estaba llena de mariposas y creo que, para ella, cada persona de su vida, era una mariposa. Mira.- dijo acercándose a la mariposa de Cati.- Si te fijas, en el ala derecha de cada mariposa, en la punta inferior, hay un nombre.- Efectivamente, la gran mariposa rosa, tenía dos pequeñas letras en la punta. “Yo”. Martina me cogió de la mano y me llevó a un extremo de la habitación, me señaló una mariposa del tamaño de mi cabeza, estaba dibujada en diferentes tonos de azul, con destellos negros, sin embargo, el cuerpo era blanco.- Creo que eres tú.- dijo señalándome el nombre. “Alba”. - No hay ninguna Alba más...

Me dolía el pecho. Mi corazón no paraba de bombear a un ritmo desenfrenado. Mi mano quiso acariciar a esa mariposa, a esa esquina donde estaba puesto mi nombre. No tenía ninguna duda de que era yo, no había ni un solo día que Cati no me dijera que le encantaba el color azul de mis ojos. Una lágrima se me escapó y rodó por mi mejilla. Inmediatamente me la sequé, no me apetecía que Martina me viera flaquear de nuevo.

- ¿Estás tú?- ella asintió y la cara pareció que se le iluminaba. - Dime dónde - a mí también me brillaron los ojos. Se movió como si no pisara el suelo hacia la pared de la izquierda de la entrada, estaba al otro lado de la habitación de mi mariposa.
-Es la única que no está acabada.- dijo mientras se arrodillaba en el suelo y se sentaba sobre sus piernas. - Mira.- La mariposa tenía el tamaño de un cuaderno grande, estaba la silueta entera dibujada, pero el ala derecha estaba sin pintar, solo estaba el nombre de Martina, en negro. El ala izquierda tenía miles de colores, parecía blanca, sin embargo había destellos rosas, morados, naranjas y azules. Estaba justo al ras del suelo y aún estaba el plástico debajo de ella.- Es del color del atardecer...
- Es preciosa - la rocé con mis dedos - Supo plasmarte en ella - mi mano acarició mi costado derecho, su nombre en mi cuerpo y mi nombre en su pared.
-Quiero tatuármela.- Martina se levantó del suelo.- Pero justo así, inacabada.
- Me encanta así - no sé porqué, pero la abracé con ternura, apoyando mi barbilla en su hombro, quedándonos las dos mirando esa obra maestra inacabada. - Siempre será parte de nosotras - dije besándole el cuello.
-Quiero enseñarte otra cosa.- dijo apartándose un poco de mí y quitándose parte del vestido. Ya tenía un tatuaje. La mariposa de Cati, justo en esa zona de piel que ocultaba en la ducha, unas horas antes. Debajo del pecho izquierdo, en el corazón.
-Martina, ¡te la habías tatuado tú también! - sonreí mientras rozaba su piel, dibujándole el contorno de la mariposa. No era un tatuaje reciente, debía tener ya varias semanas. - ¡En tu corazón! Me encanta.- ella sonrió.

-Esta habitación tiene fuerza, como su mariposa.- bebió del café que llevaba en la mano. Se me había olvidado por completo que fuera de aquella habitación existía un mundo.
<------------------------->

Ir a:     Inicio          Capítulo 39       "Un café y un polvo"          Capítulo 41

Buzzys
Arwenundomiel

"¿Qué pasó con los sentimientos de papel?" (Carta 7)

miércoles, 2 de noviembre de 2016
Ir a:     Inicio     Carta 6          "¿Qué pasó con los sentimientos de papel"

<------------------------->

                                                                                              Un día entre música y fango.

Elisa,

Lo primero de todo, dale un gran abrazo a Encarna. Efectivamente, ver la foto me hizo sonreír, ya no recordaba aquella foto... Fue en una excursión al bosque, que hicimos por nuestra cuenta ,con tan solo 10 años. Recuerdo que preparamos una bolsa de provisiones (galletas y patatas, todo lo que una niña desearía) y salimos a buscar simbinquis, un animal que se había inventado el primo de Encarna, Alberto, para gastarnos una broma. Volvíamos un poco decepcionadas, pero enseguida se nos pasó cuando mi madre nos abrió la puerta con una enorme bandeja de tarta de calabaza. Qué gran recuerdo... Aquel día comí más de lo que mi cuerpo podía soportar.

Me alegra que María se haya apropiado ese hueco, así, ninguna me echa en falta en la cama. ¿Te acuerdas de cuándo me pedía un cuento para dormir y yo acababa durmiéndome con ella? Siempre venías a buscarme y me despertabas con un beso en el cuello y susurrándome al oído. Parece que hayan pasado siglos desde entonces...

Me han encantado las fotos de la playa, son preciosas. Aunque a la peque ya le queda un poco pequeño el bañador de mariposas, deberías comprarle otro. O ponerle aquel que nos regaló tu hermana, el año pasado, por su cumpleaños. Uno que tenía dos lazos arcoíris en los lados. A ti se te ve un poco pálida, dime que no estás dejando las visitas al médico. Y come, Elisa, no quiero enterarme de que vuelves a los temas de la comida. Te lo pido por favor. Si necesitas que vuelva, solo dímelo. Tú no te preocupes, ¿vale?

Desde la última carta que te mandé han pasado tantas cosas... Es increíble como aquí, en apenas unos días, puede haber grandes cambios. Marcos falleció anoche, en el hospital más cercano, al que le llevaron, por fin, hace seis días. Te adjunto las dos cartas que tenía para Sofía, y otras tres más que le escribió a Clara. Las de Clara son para cuando cumpla quince y dieciocho años, y para el día que se case, si lo hace. Esos detalles solo se le ocurren a él. Mientras él hablaba, tosiendo y atragantándose, tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar de cualquier manera. Sin embargo, allí estaba él, pensando en  su hija y su mujer, sabiendo que no iba a volver a verlas. Cuando terminó de dictarme, le dije que saldría un segundo a preguntar al médico por la medicación. No era cierto, salí a llorar, Elisa. Fue un lloro ahogado y fluido, eso fue hace tres días.

¿Sabes que fue lo último que me dijo ayer? "No deberíamos tener miedo a la muerte, es solo otro paso en el camino". Después se quedó dormido y ya no volvió a despertar.

Cuando estaba allí, me contó un pequeño recuerdo en forma de historia. Dijo que el día que Sofía estaba dando a luz en el hospital, mientras a él no le dejaban entrar en el quirófano (tuvo cesárea), pasaron por su lado unos médicos con una camilla, y detrás una persona llorando. Era un hombre de tercera edad y había tenido un accidente de coche. La otra persona era su mujer. En cuanto nació Clara, un médico salió a comunicarle que su esposo había muerto. Una vida por una vida, como dijo él. Después de decirlo, sonrió y dijo, cuando yo muera, alguien estará viendo la luz por primera vez, Diana.

Era un hombre increíble, Elisa. Me gustaría que lo hubieras conocido más... 

A falta de profesores, me han pasado las alumnas de Marcos y de Eugenia, otra compañera. He cogido a las niñas hoy y me las he llevado a pasear. Además, me he llevado la guitarra. Nos hemos sentado en una zona preciosa de césped y fango y les he enseñado diferentes canciones, cómo las que le cantaba a María cuando nos íbamos de excursión, en el coche.

Te echo mucho de menos, preciosa. Te quiero,

                                                                       Diana.

P.D: Dale mil besitos a María de mi parte. Y léele algún cuento por la noche, acordándote de mí.
<------------------------->




Ir a:     Inicio     Carta 6     "¿Qué pasó con los sentimientos de papel?"   

       Carta 8
Escrito por Buzzys