Relato: Ella es Mía (capítulo 3)

martes, 31 de mayo de 2016
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MÍA
Me vestí, desayuné y salí. Teníamos… Tenía la nevera que daba pena de lo vacía que estaba. Me pasé por el supermercado. Sobre la marcha, decidí que a partir de ahora me traerían la compra a casa, pasaba de tener que cargar con todo sola. Quizá se me debería haber ocurrido que necesitaría la mitad de lo que comprábamos para dos.
Recibí un mensaje de Javier. No tener que cargar con la compra me permitía poder hacer lo que me diera la gana sin tener que preocuparme de los congelados y fríos que dejaba en el coche. Así que quedé con él para tomar un café. Bueno, eso de tomar un café era un decir, porque no me gusta el café. Siempre me ha sonado como muy maduro lo de “tomar un café”.
Lo que más me gustaba de estar con Javier es que, a pesar de que no éramos amigos de toda la vida, teníamos tal conexión que no hacía falta decirnos nada. Creo que sólo con verme supo que se había ido y, que esta vez era para no volver. Tampoco me preguntó, sabía que si yo no hablaba de un tema era porque no me apetecía, así que hablamos del trabajo (algo que no nos dio para mucho, ya que los dos teníamos una vida laboral bastante monótona), de los amigos (reconozcamos que todos criticamos a nuestros amigos en algún momento u otro, no me siento mal por ello), y me confesó que tenía un nuevo rollo con una chica casada. El tema nos llevó bastante rato. Javier estaba muy lejos de sentar la cabeza pero, lo de ser “el otro” era nuevo. Parecía no gustarle mucho la idea pero decía que el sexo con ella se lo compensaba.
Antes de despedirnos, solo le dije que estaba bien. Él me abrazó y no hizo falta decir más.
Me presenté en casa de mis padres a comer. No tenía ganas de cocinar y la comida de mi madre siempre era la mejor opción. Tampoco quería estar sola, seguro que mi madre empezaría a explicarme historias y cotilleos, así me entretendría.
— Hija, ¿no me podrías llamar antes?. Que algún día llegarás y no tendré comida para todos.
— Hoy vengo sola…
Empecé a llorar. Llorar. Llorar. Mi madre siempre ha sido mi refugio, con ella siempre me sentía segura y en calma. La mujer se quedó petrificada, pobre. Tardó unos segundos en reaccionar, entonces, se me acercó.
— Pero, ¿qué te pasa?
Al ver que no podía decir ni una palabra, solo intentaba tranquilizarme. Creo que empecé a ser consciente de que a partir de entonces, iría sola… estaría sola… estaría sin Ella.
— Se ha ido. Ella se ha ido.
— ¿Qué ha pasado? Pero, ¿para siempre? Mujer, seguro que es una crisis. Todas las parejas las hemos pasado y luego queda en nada.
— No. Ya no volverá. Esto viene desde hace tiempo.
A mi madre evitaba explicarle mis problemas. No porque no fuera a apoyarme, que siempre lo hacía, pero no quería que se preocupara, que me preguntara constantemente (a pesar de haberme parido, no conocía mi mirada como Javier, o directamente pasaba, y siempre quería hablar). Así que a la mujer, la noticia le pilló por sorpresa.
Se sentó a mi lado y me abrazó. Creo que ella la quería casi tanto como yo. A pesar de ser una mujer de una época en la que no se veía el amor de otra manera, mi madre siempre había sido una romántica. Cuando le expliqué por qué nos habíamos separado no lo entendió.
— Es que no lo entiendo. Si os queréis, ¿por qué os separáis? El amor es lo más importante que podemos tener en esta vida, todo lo demás…lo demás se queda en nada.
Me hizo pensar. Creía que tenía razón. Seguro que nos merecería la pena dejar lo que fuera por seguir juntas. Porque el amor es suficiente, porque tenernos la una a la otra nos compensaría cualquier sacrificio, porque… Pero, ¿quién sacrificaría qué? En seguida volví a la realidad. En la vida tenemos muchos amores y nosotras sentíamos amor por nuestros proyectos. Era el momento de dejar el nuestro para luchar por los otros, así nunca podríamos echarnos en cara haber dejado algo por la otra.
Me vino bien tener el día libre y no tener que volver a trabajar hasta el lunes. Así pude relajarme en casa de mis padres y luego…no sabía lo que haría con mi vida.
Poco me duró la calma en casa. Javier sabía que aún no estaba preparada para hablar pero no iba dejar que me deprimiera sola en casa. Me había hecho planes para todo el fin de semana. Supongo que su nueva amiga tendría planes con el marido y no tendría mucho tiempo para él.
Cuando llegué al bar en el que habíamos quedado y vi a todo el grupo de amigos, me dieron ganar de volver por donde había venido. ¿Es que me había preparado una intervención grupal o qué? Pero me armé de valor y me senté en la mesa. Todos habían aprendido bien la lección y no hubo preguntas incómodas ni miradas compasivas. Me alegré de tener tan buenos amigos. Nos divertimos, aunque en más de una ocasión pensé en que debía estar haciendo Ella.
Después fuimos a tomar algo a un bar y me fijé en la cantidad de personas que estaban ligando, o intentándolo, y me entró mucha pereza. Volvía a estar en ese punto. Para nada era una prioridad en mi vida, nunca he creído en el “un clavo quita a otro clavo”, quizá te lo clave más adentro. Pero mientras los demás hablaban, me dio por pensar en ello. No era mucho de lanzarme a conocer a la gente, más bien siempre esperaba a que me hablaran, así me había ido, que hasta que conocí a Ella sólo había estado con otra chica, y porque una amiga común nos había hecho de Celestina. ¿Qué habría hecho esa chica con su vida? No la había vuelto a ver, había perdido el contacto también con la amiga común. No sé por qué sentí curiosidad por saber cómo le había ido.
Hacía muchísimo tiempo que no me quedaba tan absorta en mis pensamientos en un bar lleno de gente y con la música acosándome el tímpano. Me volvieron a la realidad, esa realidad en la que no me acordaba de mi primera chica, pero sí me acordaba de la última. La que me dolía el alma cada vez que la pensaba.
La cama aún olía a ella. Que noche más larga me esperaba.
Me despertó el móvil.
— ¿Sí?
— ¿Estás despierta? Estoy camino a tu casa. Paula y María ya nos están esperando.
— ¿Qué dices? Yo aún estoy en la cama. Me dijisteis a partir de las once.
— ¿Y qué hora te crees que es? Son las once y cuarto. ¡Espabila!
Empezar así el día me vino bien para no pensar en la noche que había pasado. No sé si alguna vez me había preparado tan rápido. Sí, aquella vez que Ella y yo… ¡No!  Aún no estaba preparada para los recuerdos.
— ¡Un día de compras! ¿En serio? ¿Cómo sois tan tópicos?
— La otra opción es que hablemos del tema, y parece que no estás mucho por la labor.
— Las compras están bien.
Y tuvimos nuestro día de compras. Los cuatro todo el día de una tienda a otra, estaba agotada. Así que por la noche me pillaron con la guardia baja y hablamos de la ruptura. La verdad es que tenía los mejores amigos y los que mejor me conocían. Estaban siempre. Los tres habían pasado por sus historias, me ofrecieron su punto de vista, por supuesto, consejos de esos que luego nadie se aplica en su propia vida y, esa frase que tiene un efecto milagroso que cuando te la dicen todo vuelve a tener sentido: el tiempo todo lo cura. ¡Qué rabia de frase! Con experiencia sabemos que no es verdad. El tiempo no lo cura todo. Hay cosas que sí, hay otras que te las parchea, te las nubla, te las manipula e, incluso, las esconde por un período hasta que un día te las escupe de vuelta, sin más.
A pesar del fin de semana tan típico y tópico que me habían preparado (sólo nos faltó el helado de litro y la película dramática para completar), sabía que lo habían hecho con la mejor intención. Les quería.  
***
Pasé la semana mejor de lo que pensaba. El trabajo ocupaba mi mente durante el día y luego, entre mi madre y Paula, se habían encargado de mantenerme entretenida por las tardes. Lo peor era volver a casa y que no me esperase nadie. Pensé que adoptar un cachorro me haría bien. Empezaría a formar mi familia, nos haríamos compañía y nos cuidaríamos.
¡Para que se me ocurrió comentar lo del cachorro a mi madre! Ese mismo sábado me llevó a la perrera para adoptar a mi nuevo amigo, o como le decía mi madre, mi nuevo amor.
— ¡Mira, Mía! ¡Mira qué bonito es éste!
— Mamá, éste parece muy nervioso. Yo quiero uno tranquilito. Además, prefiero una hembra.
— ¡Aish! ¡Ésta! ¡Mira ésta! Pero qué bonita.
Estaba más emocionada que un niño en una fábrica de chocolate. Todos le parecían preciosos, todas perfectas para mí. No me ayudaba mucho, la verdad.
— ¿Qué tal ésta, mamá?
Había una cachorrita en una manada que tenía un par de meses. Nada más verme ya se acercó a la puerta a saludarme. Sentí que era una señal. Y nos fuimos a casa con la pequeña Grey, como homenaje a mi queridísima Lexie (de todos los personajes de la serie, fue mi debilidad).
Mi madre se vino a casa, como si de un bebé se tratase. Me ayudó a instalarla, me dio instrucciones de lo que podía necesitar, de cómo debía hacer, a pesar de que ella nunca había tenido un perro, por no tener, ni un canario había tenido. No quería saber el día que me presentase con un cachorro humano.
La vuelta a casa después del trabajo, con Grey en casa, era más fácil. Y entre mi nuevo amor y el trabajo, me quedaba poco tiempo para pensar en mi antiguo amor y lo agradecía.
Las pocas veces que me había permitido pensar en Ella en esas dos semanas, me preguntaba si algún día se me pasaría, o si mi madre llevaba razón y habíamos cometido el mayor error de nuestras vidas.
Domingo y me volvía a despertar el teléfono.
— ¿Sí?
— ¡Hola! Soy Marc. ¿Qué tal?
— ¿Marc? ¡Marc! Bien. ¿Qué tal tú? ¿Pasa algo?
— Bien. No, es que Ella me dijo que había dejado algunas cosas en tu casa y que si podía recogerlas. Pensé que lo mejor era que dejase pasar unos días, antes de…
— Ah… sí… claro… Pásate cuando quieras.
— ¿Esta tarde?
— Perfecto. Hasta luego.
— ¡Un beso!
No era la mejor manera de empezar el día.
Dediqué la mañana a recoger las cosas de Ella que quedaban por ahí. Me puse la música fortísima para que no me dejase pensar. Pensaba que la situación me entristecería, empezaría a llorar. Pero no. Cogí inercia desde no sé qué rincón de mí y ahí estaba embolsando pedazos de mi pasado como si nada. Lo puse todo en un par de bolsas grandes y las dejé al lado de la puerta. A la pequeña Grey no le gustó mucho la idea de las bolsas y se puso nerviosa. Igual me estaba queriendo decir algo, no la entendí, o no la quise entender.
— ¡Hola, Marc! Pasa. ¿Cómo estás?
— Bien. Todo bien. ¿Y tú?
Estuvimos hablando un rato. Nos pusimos al día y le di las bolsas. Siempre me había parecido un chico estupendo además, era muy guapo, se parecía mucho a Ella. Tenían una relación muy peculiar, se podían estar tirando los trastos a la cabeza, que echándose piropos. Pero lo que más me gustaba es que siempre estaban para apoyarse. Desde que no estaba su madre solo estaban ellos.
— Bueno... pues si algún día quieres salir a tomar algo, llámame.
— Claro. Te llamaré.
— Adiós.
— Adiós.
Y le llamé.

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@MamaoMami

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